El chico que llevaba en su carpeta la portada de “Nevermind” (Nirvana)

Corre el año 1991, un servidor en pleno instituto. En esa época mi generación vivió la última gran revolución del rock: llega el grunge.

Era un tiempo que olía a cambio, regeneración, rebeldía etc… un puñado de grupos llegados desde una desconocida Seattle, estaban convencidos de cambiar muchas cosas; la industria de la música tembló con su aparición, aunque al final terminó por devorarlos.

En ese año si no habías escuchado “Nevermind” eras un friki sin más. A los que ya éramos rockeros nos jodía ver como gente sin conocimientos de música, que en su puta vida había escuchado nada que se pareciera al rock, se subía al carro de la moda del grunge.

Me jodió  especialmente ver como uno de los mayores tontarras empollones de mi clase, apareció un buen día con una carpeta forrada con la portada de “Nevermind”. El muy cabrón por un tiempo se convirtió en el centro de atención, sobre todo de las chicas, por llevar ese cover pegado en su carpeta; sí, ya sé que esta historia huele a envidia, pero qué se le va a hacer, me jodió un huevo ser testigo de cómo un pagafantas, se convertía  en el tío más famoso de la clase por una mierda de carpeta.

Lo peor fue cuando salió por televisión el vídeo de “Smells Like Teen Spirit”, el payaso lo comentaba en clase como si lo hubiera rodado él mismo, y hubiera estado al lado de Kurt Cobain dándole consejo sobre como tenía que posar a la cámara; un asco infinito.

Como veis no ha cambiado mucho la cosa. Si se pone de moda algo que tenga que ver con el rock, aparecen oportunistas que no tienen ni idea de quién es Black Sabbath, pero eso sí, llevan una camiseta con el logo de la banda comprada en unos grandes almacenes.

Tuve, tuvimos, que aguantar el chaparrón de la carpeta del colega de turno; eso sí, el pavo siguió siendo el mismo imbécil de siempre, con esa mirada condescendiente hacía los locos que nos sentábamos en la última fila y que amábamos de verdad el rock. Y con el tiempo para regocijo de los rockeros de pro, fue perdiendo su ridícula pose ante la mirada indiferente de la zona fémina de la clase.

El tiempo ha pasado, el chico de la carpeta seguro que ahora se divierte viendo Operación Triunfo y bailando los éxitos del verano con su barriga cervecera; mientras mis colegas y un servidor, eso sí con la misma barriga cervecera, seguimos disfrutando de aquello que nos hizo sentirnos unos héroes en esa época: el rock.

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