Se cumplen 30 años de “Disintegration” (The Cure)

Hay música que envejece, que con el paso de los años produce una mirada condescendiente desde el presente. Pero hay otra que madura, discos a los que las bandasmiran como algo de lo que aprender. Éste año se cumplen 30 desde que el álbum “Disintegration” de The Cure naciera y no sé si para mí madura, porque se me hace nuevo cada vez que lo escucho.

Más allá de incluir grandes hits éxitos pop de la banda, no por ello menos grandiosos (invito a cualquier grupo a hacer una cover de “Lullaby” y salir airoso), The Cure ofrecen una obra compleja llena de detalles. Los temas se componen de pasajes de múltiples capas en los que perderse yendo en la escucha de un instrumento a otro. Como si haber llegado a un elocuente riff no fuera suficiente para sostener la canción y hubieran querido tejer un engranaje de melodías en que todo es lo principal y al tiempo lo secundario. El acertado despliegue de efectos sonoros está equilibrado de modo que cada elemento sea reconocible pero al tiempo sintamos una atmósfera unitaria. La voz de Robert Smith, personalísima como siempre, lidera de forma acertada pero dosificada, dejando espacio para largas partes instrumentales. 

Los más de 8 minutos que dura el tema que bautiza el álbum son ejemplo de que no hay concesiones a lo rápido o fácil: una caja de batería demoledora; un bajo en bucle que fija el cuerpo del tema; la voz no entra hasta pasado minuto y medio (impensable en los tiempos de premura estimulante que vivimos); luego se suma una guitarra con trémolo; más capas melódicas; la voz coge intensidad y así nos conduce hasta un final que no quieres que se produzca. Otra muestra es “Fascination Street” (otro suicidio comercial en el que la voz no aparece hasta casi la mitad del tema) que nos trae un bajo hipnótico, una batería que construye un groove por sí misma y más y más teclados y guitarras que se entrelazan en un todo multiforme.“Lovesong” oxigena el tracklist con un planteamiento pop en fondo y forma, sin por ello restar atractivo y mérito a su acertada desnudez de estrofas, melodías icónicas y sonoridad cuidada. Y “Lullaby” es el perfecto cebo: ritmo contagioso entre guitarra, bajo y batería; sección de cuerdas con su pizzicatos inolvidable; melodías reconocibles durante todo el tema; y como cumbre la voz susurrada casi inimitable de Robert Smith.    

Hay discos que por su identidad se convierten en un hogar sonoro. Pero resulta irónico que algo en “desintegración” sea para mí un lugar seguro al que pertenecer…


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