“Death Magnetic”, la resurrección de Metallica

Tras una época turbulenta, llena de despropósitos y percances que estuvieron a punto de llevar a Metallica a su desaparición, la banda de San Francisco consiguió resurgir de sus cenizas y dar al mundo un nuevo álbum, que los posicionaba de nuevo dentro de la élite del metal mundial.

Como primer paso y muy importante, dejaban al productor Bob Rock. Tras 20 años de relación, Metallica y Rock cerraban una de las etapas más prolíficas de la banda, a nivel de ventas y fama, junto a la peor época a nivel personal. Bob Rock les dio lo que buscaban, llegar a lo más alto, pero no pudo evitar que estuvieran a punto de inmolarse.

Tras apartar del camino al productor de oro del rock norteamericano, se echaban en brazos de otro productor no menos importante: el gurú Rick Rubin. Todo apuntaba a que iría como la seda, y que Metallica iban a sonar como nunca; la primera en la frente, el sonido del disco fue lamentable.

No sabemos qué es lo que ocurrió. Rubin experimentó con la banda, en busca de un sonido más árido, orgánico, y lo que consiguió es un batiburrillo de estridencias, haciendo en muchos temas que fuera una misión imposible el diferenciar los instrumentos.

Dejando al lado el sonido, Metallica volvía por sus fueros. Canciones agresivas, con ritmo, llenas de riffs eléctricos y temas más enrevesados que lo que nos pudimos encontrar, en “Reload” o el penoso “St. Anger”.

Con temas como “That Was Just Your Life” o “The End Of The Line”, la parroquia metalera empieza a respirar con tranquilidad, al comprobar que los cuatro jinetes enganchan de nuevo el heavy metal en sus venas, creando dos temas de gran envergadura.

“Broken, Beat & Scarred” es una gran canción de metal que nos hace ver que los reyes del cotarro están de nuevo por la zona.

La buenas noticias llegaron a nivel general con el primer single que lanzaron, “The Day That Never Comes”, un medio tiempo que a medida que avanza sube de revoluciones y desemboca en un tema muy del gusto de la banda.

Lo mejor del álbum es sin duda “All Nigtmare Along”, agresivo, furioso, con mala leche. Te recuerda a tiempos pasados que ya no volverán, pero que en cuenta gotas se pueden recuperar.

La mitad del álbum baja en prestancia y revoluciones, desde “Cyanide”, pasando por “The Unforgiven III”, o la instrumental “Suicide & Redemption”, son temas que no aportan mucho a la discografía de la banda, y son perfectamente prescindibles; puro relleno.

Como broche final, otro tema agresivo, fiero, árido y con tintes punkarras llamado “My Apocalypse”, que cierra de manera digna un regreso muy esperado.

Metallica estuvo a punto de desaparecer, su carrera musical estaba como vaca sin cencerro. Con este álbum hicieron un ejercicio de contrición, para saber que nunca debieron abandonar el camino que los hizo grandes.

Teníamos la duda si en el siguiente álbum, volverían a las andadas pseudo rock de discos anteriores, por suerte no fue así, salvo el susto de “Lulu”, con “Hardwired… To Self-Destruct” nos dijeron que habían vuelto para quedarse definitivamente.

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