La vergüenza de un sistema podrido: las colas del hambre

Anestesia. Insensibilidad. Le podemos dar el nombre que queramos. Vivimos en una época en la que nuestros ojos se están acostumbrando a todo, a contemplar los actos y situaciones más ignominiosas y permanecer impertérritos como si no fuera con nosotros el asunto.

Una de las estrategias del capitalismo salvaje es esa, adormecerte, hacerte insensible, ante los horrores de una sociedad cada vez más desigual, en donde cada vez es más complicado subsistir, sobrevivir, en definitiva tener una vida digna.  Los medios, los partidos políticos, la sociedad en general, nos muestran como algo normal a miles de personas pasando hambre, sin llegar a fin de mes, sin tener un techo digno ni mucho menos poder pagarlo. Nos hacen creer que ellos y ellas se lo han buscado, que no saben responsabilizarse de sus vidas. Esa vida que está ahí fuera, llena de falsas oportunidades, a las que si no te agarras es por la sencilla razón de que eres un incapaz social, sin la destreza, cultura, o posición suficiente como para engancharte al carro de la buena existencia. 

Nos hacen creer que vivir dignamente siempre está al alcance de nuestras manos, una falaz meritocracia, que nunca beneficia al pobre, sino todo lo contrario, lo castiga y penaliza, en beneficio de los de siempre. La única meritocracia que actualmente funciona es la de las clases pudientes, que generación tras generación siguen posicionando en cargos de poder a sus vástagos, por el mero hecho de haber nacido en una cuna agraciada por la posición económica y social. Tenemos que escuchar a políticas como Díaz Ayuso tildar de mantenidos y subvencionados a personas que no pueden llegar a fin de mes, en un gesto de desprecio absoluto hacia el pobre, hacia el necesitado; un claro reflejo del mantra capitalista más abominable. 

Asistimos a la macabra configuración diaria de colas de personas en busca de comida para poder llevar a sus hijos un plato de comida. Un mínimo dado por organizaciones sin ánimo de lucro, ayudas de instituciones etc… que son meros parches, ante una sociedad que sencillamente se desmorona. 

La pandemia ha sido y sigue siendo difícil para todos, pero para los más necesitados, peor aún. Si hay una situación complicada, los que peor lo pasan, indefectiblemente, lo pasan peor todavía. No hay que ser un genio para saberlo, si estás en el pozo, en época de crisis viajas hasta el infierno. 

Hablemos con datos en la mano: la desigualdad crecerá en España debido a la crisis del Covid, en 800.000 nuevos pobres. No lo digo yo, lo dice un informe presentado por Oxfam en el Foro Económico de Davos. El secretario de Naciones Unidas, Antonio Guterres decía lo siguiente en referencia al informe de Oxfam:

“Existe el mito de que todos estamos en el mismo barco. Pues si bien todos flotamos en el mismo mar, está claro que algunos navegan en súper yates, mientras otros se aferran a desechos flotantes”. 

La contracción del PIB en todos los países del mundo será la mayor de la historia desde 1870, desde que existen registros creados ex profeso para ello. El Covid incrementará la desigualdad hasta límites insospechados en todo el planeta. Llegando a subsistir millones de personas con un sueldo medio de 16 euros día. 

Los ricos serán más ricos, y cada vez habrá más pobres. Esta sociedad hipercapitalista de la que todos somos partícipe, parece que no tiene fin en su voracidad, y terminará por esclavizar a las tres cuartas partes de la humanidad en favor de un puñado de milmillonarios sin escrúpulos. 

Estamos ante una pandemia mucho peor que la sanitaria: la económica. Un sistema cada vez más egoísta e insolidario, que no puede seguir mandando con puño de hierro sobre las economías de todo el mundo, pasando por encima de las personas; destruyéndolas sin más. No podemos permitir que las colas del hambre cada vez sean más numerosas, y que ésa sea la única solución que pueden dar los gobiernos a la ciudadanía que no tiene para subsistir. 

Toca urgentemente revertir estas políticas neoliberales de carácter leonino que destruyen nuestro tejido social y laboral. Hay que reducir las necesidades de este tremebundo sistema capitalista, en favor de políticas de carácter social que dinamicen la economía, distribuyan la riqueza, y den realmente una oportunidad de vida al mayor número de personas. 

Queda poco tiempo. Estamos al borde del colapso. Si no paramos esto, nuestra vaporoso sistema de bienestar social y económico será dentro de poco un animal mitológico a consultar en libros y enciclopedias. No les dejemos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *